Inteligencia para liderar

La inteligencia es una actividad mental dirigida hacia la adaptación intencional, selección o transformación de entornos del mundo real relevantes en la propia vida, expresa el profesor Robert J. Sternberg, psicólogo estadounidense y profesor de la Universidad de Yale. Su íntegra concepción está enmarcada en la teoría triárquica de la inteligencia. Identifica tres tipos de inteligencia, la analítica, la creadora y la práctica.
Nuestro vínculo con los demás perdura durante toda nuestra existencia, y en ese lapso temporal, la capacidad para absorber el devenir de los cambios constantes se constituye en una habilidad. En el aprendizaje de todo lo que nos pasa nace la energía para continuar sosteniendo nuestros ideales. No hay que dejar de creer en eso que nos hace bien, que nos mueve a seguir intentando con todas nuestras fuerzas. Es el uso de la inteligencia al servicio de las razones bien intencionadas lo que nos hace estar de pie.
La toma de decisiones tiene una relevancia vital en la existencia humana. Es un metacomponente de la inteligencia analítica y junto a la resolución de problemas forman parte de lo que el prestigioso psicólogo denomina la gestión mental. Todos podemos ejercer esta inteligencia que nos es propia. Los procesos internos son procesos ejecutivos que nos indican cómo actuar, cómo decidir y qué hacer.
Lo que se decide se manifiesta en una acción. Así surgen los componentes de la experiencia, identificados como los procesos que nos permiten que se realice una tarea. El rendimiento se vivencia en este estadio. La creatividad hace su parte, el hacer siempre está identificado con la unicidad de quien lo ejercita o de aquellos que lo han dado a luz. El profesor Sternberg dice que la inteligencia práctica es la habilidad para adaptarse, modelar y seleccionar diariamente el entorno. Se puede lograr la unión del pensar organizado y el crear planificado.
La inteligencia existe, no hay que salir a buscarla. Es inherente a nuestra vida. El aprendizaje no para, hay que disponerse a vivenciar el día a día con todas las mejores intenciones. En nuestra condición de ciudadanos podemos aportar los modelos constructivos de nuestras convivencias y de esa forma adaptarlos al conjunto de personas con las cuales estamos en contacto cotidiano. Podemos seleccionar juntos qué nos ayuda a fomentar ciudadanía. La inteligencia al servicio de lo colectivo.
La adquisición de conocimientos por medio de nuevas informaciones también es un componente de la inteligencia, dado que por ella se puede seleccionar lo que se considera de utilidad. La inteligencia necesita cultivarse. Todos podemos desarrollar nuestra inteligencia, eso requiere una apertura hacia el crecimiento personal.
Cuando se conoce se responde con libertad. Surge el ser responsable de lo que hace y deviene el compromiso ante el ambiente que lo ampara. Si cada ciudadano alimenta constantemente su inteligencia, ese cultivar repercute inexorablemente en la vida de la sociedad.
La inteligencia permite transformar entornos. Si aplicamos nuestra inteligencia podemos cambiar aquello que hoy no está dando resultados favorables para todos. La inteligencia para construir es una herramienta noble para cualquier actividad que la necesite.
Tenemos que creer en nuestra inteligencia. Hay que partir por ahí. ¿Creemos en lo que tenemos?, somos conscientes que por medio de nuestra inteligencia podemos decidir transformar lo que hoy se presenta como realidad. La inteligencia reside en el análisis que hagamos de lo que nos sucede como sociedad. ¿Cómo, cuándo y sobre qué analizamos?
La inteligencia se entrena. Y lo hace con trabajo. Entran todas las actividades que cotidianamente realizan las personas. También la sociedad entrena su inteligencia. ¿Qué temas ocupan su inteligencia social?, ¿dónde está puesto el interés por avanzar juntos?, ¿qué entornos inteligentes son modelos realizados por nosotros?, ¿cómo estimulamos la inteligencia que poseemos?, ¿cómo unimos nuestras inteligencias?, ¿de qué forma aprendemos de la inteligencia de las personas que nos rodean?

